Juegos Olímpicos, una breve ventana de paz en un mundo fracturado
Farzad Youshanlou
agosto 10, 2025

En un mundo donde el conflicto se ha convertido en una constante sombría, desde la guerra de Rusia en Ucrania y la represión del gobierno iraní contra los disidentes, hasta la toma de rehenes por parte de Hamás, la campaña militar de Israel en Gaza y las crecientes tensiones entre China y Taiwán, surge la pregunta: ¿puede un evento, incluso uno tan monumental como los Juegos Olímpicos, aliviar realmente estas divisiones?

La filosofía de la paz a través del deporte ha sido durante mucho tiempo un pilar central de la misión del Comité Olímpico Internacional. En la Antigua Grecia, la Tregua Olímpica detenía las hostilidades para que atletas y espectadores pudieran viajar y competir con seguridad. Hoy, la Asamblea General de las Naciones Unidas revive esa tradición antes de cada edición con una resolución simbólica que llama a detener los conflictos.

En la práctica, las guerras rara vez se detienen y las disputas difícilmente desaparecen. Sin embargo, el ideal olímpico continúa siendo un recordatorio de una visión diferente para las relaciones internacionales. Aunque la tregua no tiene fuerza legal, los Juegos han creado en ocasiones un espacio para la diplomacia silenciosa. Por ejemplo, en los Juegos Olímpicos de Invierno de PyeongChang 2018, atletas de Corea del Norte y Corea del Sur marcharon bajo una bandera unificada. Ese gesto simbólico precedió un diálogo poco común entre ambos gobiernos.

Los Juegos Olímpicos también pueden influir en las narrativas globales. Las imágenes de atletas de naciones rivales abrazándose o compartiendo un podio suelen resonar mucho más allá de los estadios, transmitiendo mensajes que los discursos políticos no logran. Esos momentos humanizan a quienes están al otro lado del conflicto y contrastan con los titulares dominados por la hostilidad.

Dale una oportunidad a la paz

Sería ingenuo considerar a los Juegos como una solución a las crisis geopolíticas. Los llamados de la ONU a la paz no son vinculantes, y la voluntad política para suspender los conflictos rara vez coincide con el calendario olímpico. Los Juegos mismos han servido a veces como escenario de confrontaciones, como en el boicot occidental a los Juegos de Moscú en 1980 y el boicot del Bloque del Este a Los Ángeles en 1984.

Los boicots deportivos, en particular, suelen profundizar las divisiones en lugar de aliviaras. Al convertir al deporte en otro frente para el conflicto político, eliminan uno de los pocos espacios donde los adversarios pueden encontrarse sin las limitaciones de la diplomacia. Los boicots pueden avivar el nacionalismo y fortalecer posiciones intransigentes. Aunque el aislamiento de Sudáfrica durante el apartheid fue un caso excepcional donde las sanciones deportivas contribuyeron a una campaña global efectiva, la historia muestra que tales medidas suelen endurecer las grietas en lugar de construir puentes.

Incluso cuando los Juegos transcurren en paz, no pueden borrar las causas de la guerra. En el mejor de los casos, suavizan el tono del discurso global por un breve periodo. Lo que ofrecen es una ventana estrecha, un cambio momentáneo en el enfoque mundial, de los campos de batalla a los campos de juego. Si esa oportunidad es aprovechada por líderes políticos, la sociedad civil y organizaciones internacionales, puede ayudar a iniciar diálogos, reducir tensiones y, aunque sea de manera tentativa, construir conexiones.

La responsabilidad no recae únicamente en el deporte. Sin una voluntad política genuina, la llama olímpica no puede extinguir animosidades arraigadas. Pero puede recordarle al mundo que aún existen espacios donde la competencia reemplaza a la violencia y donde, aunque sea por un momento, la solidaridad eclipsa la enemistad.